De vez en cuando, durante esos primeros días después del nacimiento de mi primera hija, me sorprendía a mí mismo mirándola fijamente, como en trance, maravillado con cada cosita que hacía. Por supuesto, fue mucho antes de que realmente hiciera algo verdaderamente notable, pero de alguna manera,
todo me parecía milagroso, desde el olor de su cabello y sus delicadas manitas (con todo y sus uñas exorbitantemente afiladas), hasta el ruido que hacía al comer y su suave respiración cuando estaba despierta, y la apariencia de paz absoluta mientras dormía.
Leer El vínculo papá-bebé